

SUICIDIO
Quiero contar algo que me ocurrio cuando tenia seis anos. En aquel
entonces vivía en un pueblo de alrededor de 340 habitantes. Todos
nos conocíamos perfectamente.
Una manana comenzaron a tocar las campanas. La gente se alarmó,
pues, no habiendo misa, solo podía significar que algo malo había
ocurrido. Todos en el pueblo abandonaron sus labores y se reunieron
en el campo que hay junto a la iglesia para ver que pasaba. Cuando ya
todo el pueblo estuvo allí, se nos dijo que un vecino habia desaparecido
el día anteror y había que organizarse para buscarlo.
Unos salieron en dirección al monte y otros hacia las fincas del vecino,
que estaban muy dispersas. Al cabo de varias horas de buscar sin éxito,
llego la noche. Siguieron buscando, pero ni rastro. Entonces se acordó
buscar de nuevo al día siguiente. Buscaron todo el día sin ningún
resultado. Cayó de nuevo la noche y sigueron buscando, sin
encontrarlo.
El tercer día por la tarde unos niños, entre los que me encontraba yo,
jugabamos a la orilla del río, tirándole piedras y palos, cuando uno de
nosotros dijo, "Eso que se mueve dentro del río parece una persona".
Todos miramos atentamente y comenzarmos a reirnos de nuestro
amigo, pues era la rama de un arbol balanceandose en la corriente,
atrapada por una piedra. Aunque seguimos con nuestros juegos, de vez
en cuando mirabamos hacia la pieda y la rama extraña. De pronto yo
les dije, "Es el desaparecido, le acabo de ver una mano amarilla". De
nuevo muchas risas. "Tú eres tonto, las personas no tienen manos
amarillas," dijeron. Como yo insistía, estuvimos un buen rato
discutiendo, pero de mi cabeza no se quitaba la imagen de aquella
mano.
Así que salí de alli corriendo. Me encontré con unos vecinos a los que
les conte lo que vi, pero nadie parecia creerme. Sin embargo, me
pidieron que les acompanara. Así lo hice. Les enseñé la piedra.
Ninguno lo tenia claro, pero uno de ellos decidió meterse en el río con
mucho cuidado, pues la corriente era fuerte y el agua le llegaba al
cuello. Con el palo en que se apoyaba movió lo que había en la piedra.
La mano y parte de una cabeza de pelo blanco y calva morada
subieron a flote.
Todos nos quedamos con una expresión de miedo e incredulidad. Uno
de los señores nos dijo que nos fueramos, pero ninguno de nosotros se
movió. Allí permanecimos inmóviles, mirando la piedra. Alguien dijo
que los niños fuera y nos acompano hasta la carretera, enviando a uno
de nosotros al pueblo, a avisar a la guardia civil.
Poco a poco fueron llegando los demás vecinos con caras de mucha
preocupación. Entre ellos, mi madre, que me recogió y me llevó a casa,
donde me preparó una tila que me hizo tomar muy caliente y con
mucho azucar. Ella me tranquilizaba diciéndome que el hombe se había
caído al río. Un accidente, solo un accidente, repetía una y otra vez.
CONTINÚA EN LA PRÓXIMA PÁGINA

ESPAÑA