

SUICIDIO
Pasado poco tiempo volvimos a acercarnos al lugar. Allí estaban la
guardia civil y el juez. Sacaron el cadaver del río, lo subieron en
camilla y lo llevaron por el pueblo hacia su casa. Detras íbamos todos
en procesión, como si de un entierro se tratase. Yo iba muy cerca de
la camilla. El cadaver estaba cubierto por una sábana y, saliendo de
ella, la mano. Iba como hipnotizado, observando aquella mano que no
era amarilla, sino de un morado blancuzco, tal vez un poco amarillento.
De repente me invadió un olor a descomposición, a carne podrida, que
se hacía cada vez más insoportable. Lo inundaba todo, todo,
llenándome de nauseas.
Entonces decidieron echar a los ninos de la macabra procesión. Mi
madre volvió a llevarme a casa y me dio más tila, mientras trataba de
explicarme lo que es un suicidio. En el pueblo no se hablaba de otra
cosa y era una palabra totalmente nueva para mi. Pero a mi madre se
le complicaba cada vez más la explicación y decidió zanjar el tema con
un "no se hable más en esta casa de esas cosas".
Durante mas de catorce meses tuve pesadillas. Fuera de mi casa, los
niños mayores nos contaban todo lo que escuchaban sobre el suicida:
que se había tirado al río porque estaba loco y amargado de la vida.
A mi, cada noche y durante mucho tiempo, me acompanó aquella
mano a la que tenía tanto terror. Con los meses las pesadillas fueron
desapareciendo y del terror pasé al odio hacia los suicidas. Odio que
me acompanaría hasta la edad adulta.
En una ocasión un amigo me explicó que habia muchas clases de
suicidio. Por ejemplo, un suicida desesperado solía tirarse siempre al
vacío y un suicida sin terror solía ahorcarse. Entonces no comprendí
nada de lo que me decía y no quise preguntarle más. Hoy comprendo
muy bien el por qué, pues he tomado la decisión de suicidarme. No
quiero vivir más.
La decisión está tomada. Estoy preparando mi soga, comprobando que
el nudo corredizo no va a fallarme, asegurándome de que la rama del
árbol esté sana y no habrá de romperse con mi peso, calculando mi
estatura y la medida de la soga para saber a que altura debo ponerla.
Estoy totalmente sereno y no me siento desesperado. Solo se que ya no
tengo ganas de vivir. Este es el camino que he escogido para abandonar
la vida. Sólo pido que no dejen que me vea ningun niño. No quisiera
que sufriera por mi culpa.
Francisco Sanchez Alonso: nacido en Mestas de Con, Asturias España. Su
padre tenía un pequeño negocio de sastrería y el vivió su infancia y adolescencia
en el entorno familiar y del pueblo, donde solo cursa tres años de estudios basicos.
Lo aficionan e introducen a la literatura sus amigos y poetas Carmen Castillo y
Grosso. Es un voraz lector de todo lo que cae en sus manos. Hace años comienza
a escribir inclinándose especialmente hacia los cuentos cortos. Actualmente vive en
su pueblo natal donde continua con esta labor.

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