EL OTRO CRISTO
Como un tren enceguecido,
la metralla hace surcos
entre el incienso y la afonía de los ruegos.
Nadie les da pan
ni explicaciones.
Las ánforas del llanto
se han secado,
y otra luna de vidrio
rasga el cristal
en la busca de ojos y de abrazos.
La calle grita sola,
y entre los despojos que muerden,
un maniquí de estopa,
arrastra todavía una bandera.
Pesa un minuto absorto;
y de rodillas,
implora por la paz en la mañana.
En un vagón de esquirlas,
las piedras del silencio se entrechocan.
Un Cristo ciego ha cruzado sus brazos.
ARGENTINA