




Pasión por Frida Kahlo
a Agustín Labrada
Aferrada a tu hombre,
como si pudiera salvarte de escuchar el persistente sonido de las
campanas abiertas a la mitad.
Sonido semejante al de dos piedras friccionadas
hasta evidenciar la amarga luz de su mineral anunciar la muerte.
Admiro la paciencia de entornar ojos tan hermosos, corno si la luz capaz
de adueñarse del estático cielo mexicano alcanzara un peso irresistible.
Estás obligada a disfrutar a solas de ese instante irrepetible en que se se
traspasa
el lirnites sin miedo,
pues todo es renuncia.
Con la liviandad de quien anda de mano de su creador tus ojos observan
la figura oculta del otro lado de la luz, desconociendo cuál de las dos es es
real.
Adviertes que estas en el mismo paisaje de tu sueño en el que la Virgen de
Guadalupe
se presenta con el rostro de tu madre.
A pesar de mi temblor sostengo las fibras
que imagine para ti,
colores tan reales como el amarillo, lila, rojo.
Las quise dibujar pero no se me concedió el don que arrebataste
crueldad de que seria un alivio a tu dolor.
Olores antiquisirnos que conservas en un cofre,
regalo de Diego,
corno manera de estar en paz
y reconocer el cielo que aprenderás a atravesar,
quiera Dios delante de mí.
Hubieras preferido conservarlo en tu vientre
y no en un cofre,
pero tantas apariciones perturbaron tu endeble equilibrio en una cuerda no
prevista para una mujer.
No dejes que el dolor se apodere de ti,
te paralice como si le pertenecieras.
No dejes que el dolor ocupe tu cabeza
y las ayes no puedan arrancarla
corno parte del espectáculo de la noche
en la que todo está por reconocer.
Al menos esa serla una imagen para venerar siempre, pero tú no necesitas
alas,
ni dolor,
ni andar cabizbaja
como si desconocieras que tus días tienen la fragilidad que lo mortal
mortal imprime a
