JORGE MARÍA RUSCALLEDA BERCEDONIZ
Elegía pequeña a un poeta de mi generación
En la sombra fugaz de la memoria,
dejaste al loco colosal sin sueño.
Se te olvidó la historia de la vida
en la profunda soledad del esqueleto.
Hoy estás más acá,
en la mañana que nunca fue de noche;
en la esperanza,
donde el candil de ausencias
protege su pabilo
del rayo de nostalgia de tramonte.
Ahora sabrás que, en la amargura de luces y promesas,
caído se le ha un clavel a tu ventana.
Pero, dime, poeta, ¿dónde tiene su asiento
aquella voz que puso un espejismo en tu mirada?
¿Dónde tienes el arpa, que no existe,
sino en los huesos del misterio que te aclaman?
Eso es vivir, mirar sobre los hombros,
buscando algún enigma iluminado,
en las raíces de los astros,
y palpar que el perfume del espacio
no tiene la distancia de una rosa.
Eso es saber que el fuego congelado
es un secreto abierto que nos mata,
y que esa fantasía es más humana
que tu propia persona,
y que toda la razón y toda la palabra.
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