


WENCESLAO SERRA DELIZ
La joven poesía y esa foto que nos mira
A Vicente Rodríguez y Marisa Almedina
Ha comenzado noviembre bajo los continuados ataques aéreos al lejano
Afgainstan, el recuerdo terrible de los aviones llenos de pasajeros
embistiendo las torres gemelas de Nueva York, y el creciente miedo
cotidiano que han provocado las esporas del ántrax a realizar las
actividades más simples como recibir una carta o manejar el teclado de
la computadora.
Esta noche del día 2 de noviembre del esperado tercer milenio estoy
junto a varios amigos oyendo las lecturas y “performances” que hacen
los y las jóvenes poetas convocados por Vicente Rodríguez Nietzsche
y la Casa Aboy. Los poetas del grupo “Guajana” rondamos ya los sesenta
años y ¡qué bueno! aún no hemos perdido la esperanza en el Arte y la
Humanidad. Estos jóvenes renuevan mi entusiasmo y los voy felicitando
uno a uno cuando se retiran del micrófono.
Desde mi silla me percato de una mirada insistente y fija. Sus ojos
penetrantes e incisivos se disparan desde el marco de los espejuelos,
la gorra y la barba. Mientras escucho los poemas, dialogo con él en una
especie de acto esquizofrénico. Cosa familiar para un hombre cuya vida
fue una especie de “crónica del vértigo”, y para mí, que he vivido con un
poco de cordura entre el rayo y la calma. Hará dos meses, poco más o
menos que, en una hermosa actividad celebrada aquí mismo, se bautizó
esta sala con el nombre de Edwin Reyes, su nombre de poeta y hombre.
Al mirar intermitentemente su rostro en blanco y negro en la pared de
enfrente, comienza una verdadera lluvia de recuerdos que se instala entre
los versos de los jóvenes poetas. Debo confesar aquí en honor a la verdad
que, a pesar del aprecio que sentíamos el uno por el otro, nunca fuimos
amigos cercanos. Tal vez esto se haya debido, en parte, a que Edwin
mostraba una especie de automarginación. Incluso pocos días antes de
morir confesó en una entrevista radial que nunca llegó a formar parte de
nuestro grupo “Guajana”, sino que simplemente pasó por ahí, porque,
según él, éramos escritores muy politizados. Ahora lo veo en su lecho del
hospital, silenciado por la mascarilla de oxígeno y con una sonda en el
vientre. Me escribe unas líneas temblorosas en la libreta que yace en su
falda. Pregunta si tengo nuevos poemas, que se los traiga. Le digo que sí,
pero dudo si debo hacerlo. Marcos Rodríguez, el Topo Cabán Vale,
Pedro Amador y Niche observan desde sus sillas con ocho ojos vidriosos.
Los poemas de los jóvenes se imponen. Están llenos de vida. Luis, un
poeta que raya en el delirio, se despide con energía y prisa porque tiene
que ir a trabajar. Le estrecho la mano con fuerza y lo felicito. Me da las
gracias y sale.
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