GUAJANA
Año 2007                                                                                                                          Número 3

WENCESLAO SERRA DELIZ    

Otra vez Edwin y el recuerdo.  Es la noche de un viernes.  
Yo esperaba la guagua número 4 que me llevaría al residencial
Nemesio Canales.  Estoy de pie casi frente a la calle Vallejo
(¡Hay golpes en la vida tan fuertes!).  El tercer establecimiento
es un lugar de encuentros y libaciones que lleva un nombre genial:
“La Biblioteca”.  Lo atiende Fillo con suma diligencia. Jaime Vélez
escribe allí su tesis de filosofía exhibiendo muchas veces una
capacidad sorprendente para aislarse del medio.  Se escucha la voz
torrencial de Edwin cantando un tango que se enreda  en el aire y
los techos de toda la cuadra, salta la avenida Gándara y llega con
suave oleaje hasta mi parada de guaguas:

         ¡Si arrastré por este mundo
          el recuerdo de haber sido
          y el dolor de ya no ser...!

Recordé la escena del viejo Wen cantando en los bares de
Quebradillas con la guitarra que después de aquel octubre
sangriento de 1950 fue a comprar a mi casa Guillermo Venegas.

La poeta joven poeta cuyo nombre aprendí más tarde se llama
Awilda Castro,hace gala de un texto cargado de vibrante erotismo,
para luego pasar a una tierna evocación de su abuela isabelina.  
La aplaudimos con entusiasmo.

Edwin continúa mirándome desde la pared.  Otra vez el hospital.  
Tomo su mano derecha con la mía izquierda.  La aprieto.  Su
pulso es el de un ave en vuelo. Pienso en alfa y en La-menor.  
Cierro los ojos y bajo la cabeza.  El hace otro tanto.  Pasan los
minutos.  Al cabo de un rato hago un ademán de retirada.  No lo
permite y me aprieta aun más.  Transcurre otro lapso.  El pulso ha
bajado notable-mente su frecuencia frenética.  Me invade la
sensación de una profunda satisfacción y una cercanía que nunca
tuvimos la oportunidad de sentir.  Ahora, como por mutuo
acuerdo, liberamos las dos manos.  Recibo otra vez la luz de la
habitación y miro el rostro de los amigos sentados frente a la
cama.  Sus ojos apenas   logran disimular la inminencia de ocho
lágrimas que pienso vertieron hacia adentro.

La hija del poeta Reinaldo Marcos Padua (el que lo hereda no lo
hurta)   lee unos versos llenos de una suave ironía sobre las
diversas etapas de la relación entre parejas.  Las estrofas de otra
joven clasifica con chispa a los diversos tipos de amantes varones.  
Celebramos y reímos.

El rostro enmarcado dispone de todo el tiempo y silencio de la
Eternidad.   En mi casa vimos el video de su documental sobre
Palés Matos.  Lo felicité con  entusiasmo.  Luego, su excelente
“Aguinaldo mayor”.  Ahora lo veo actuando en el documental
sobre la poeta Clara Lair.  Conversando conmigo sobre literatura
y política en un bar del Viejo San Juan estimulados por dos ricas
cervezas.  Con su máscara de Batman en la celebración del
Baquinoquio en el  cementerio urbano de Carolina.  En la playa,
de noche, con un grupo en el que estaba la amiga que nos gustaba
a los dos y que entonces comprendí con pesar que me la había
ganado en buena lid.  En la fiesta donde rompió una ventana de
cristal con el puño, no recuerdo por qué.  
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