El blues es un sueño adornado con melancolías cadenciosas plasmadas por un pincel ronco de pasos cansados.
Sumergirse en el blues es confrontar las angustias del ser y extinguirlas con disonancias precisas, clavos filosos que desinflan las penas cual si fuesen górrogos frágiles.
El jazz es una progresión de sentimientos, una acuarela polifónica matizada por el sobrepeso que le causa la decimotercera vibrante, gacela al acecho de un león hambirento.
Encontrarse con el jazz es acariciar lo inefable robarle un pedazo jugoso y plasmarlo con la voz del alma en una partitura sedienta.
Tocar jazz es despojarse de todos los juicios y prejuicios, es desnudarse ante una musa tomarla, desmenusarla, preñarla y hacerla parir sonoridad abstracta.
En cambio... tocar blues es dejar que la musa te tome y te desnude cual meretriz de a veinte... permitirle que se funda en tu cuerpo, que mastique tus ruinas y sus desilusiones hasta que su armonía escalonada logre emanciparte de la última gota de dolor que te quede en las entrañas.