Cuando logré acercarme suficiente, de las cenizas emergió nuevamente la mujer con su teatro y la danza. Esta vez el ave que representaba remontó vuelo hacia el sol. Todo en ese instante se transformó en un dorado cegador.
Mientras poco a poco recuperaba mi vista pude escuchar la música que me había despertado. Esta vez su registro sonoro me llevó a las cristalinas aguas del río más cercano y descubrí, tras el reflejo oscilante, en el Iris de mis ojos, aquellos diminutos puntos luminosos del polvo esencial de las estrellas.
Después de tanto tiempo, tracé entonces nuevo rumbo; el retorno... Esta vez una profunda sensación de gratitud hacia el Universo me guiaba. ¡Bendita fortuna tuve cuando decidió dejarme su huella!
Y mientras intentaba darle nombre a Ella -porque nunca lo supe- me di cuenta de cómo se hizo parte de mí; todo mi horizonte. Comprendí que cuantos pasos Ella se alejaba, esos mismos pasos yo daba, y me acercaba. La repetida acción me hizo entender lo que había provocado y trajo a la memoria los versos de un viejo poema*.
De esa manera pude dar con el nombre apropiado para Ella.