–yo que siempre tuve aquella vocación por la aurora yo. ¡yo! que empeñada en la luz cocía casi hasta quemarme en mi propio caldo de tiniebla. mírenme aquí empañada yo que siempre siempre apostaba al punto que desatara la claridá que me jugaba todos mis vestidos y hasta las lágrimas. ¿qué ha pasado? ¿quién me dice? si todavía recuerdo cuando calculadora o desesperada, comoquiera tiraba contra lo oscuro cocuyos como flechas perforando la sombra no importaba si era el día más triste, ni cuál muerte acechaba ni si se me metía lo malo en la cabeza o si el pantano atragantaba la garganta. yo comoquiera iba. y ahora de pronto coño no puede ser no puede ser este zarpazo de sombras afiladas que me deja en jirones. ¿cómo es esto? ¿que porque tú chapoteando en la miseria me olvides abrazándome? ¿que quiebres la caricia así porque sólo te importa tu pendeja agonía? no puede ser.
está bien, ya sé que está descajonado del pecho todo el amor el beso desmembrado; y los retazos de azul desperdigados por ahí como si no importaran. pero tanto no es para tanto. después de todo es sobre ti que escupes; es a ti a quien desdeñas cuando amándome olvidas así la vida que te doy. no importa. yo recojo. con los mismos retazos puedo coser una cortina antigua, combinando las puntas de las estrellas quebradas para inventarme otras; con el resto puedo hacerme ese vestido nuevo que necesito para jugármelas.