


JUAN MESTAS
*
Si quieres en mí encarnarte,
Señor inmaculado, cede
a la más dulce de tus tentaciones,
una sola vez, una vez sola.
Animo, Señor, un pecadillo
(si no ha de repetirse, que sea memorable)
para que vivas, Señor, para que aprendas
cómo se vive aquí en mi cuerpo,
donde la tentación es dueña,
donde la piel seduce y desconcierta
al más libre de mis albedríos.
Animo, Señor, un pecadillo.
Ya tendrás ocasión de perdonarte.
*
De haberlo creado yo,
el universo hubiera sido
menos grandioso y más amable.
Lo poblarían criaturas hurtadas de los cuentos de hadas,
sin ponzoña, sin fusiles, sin amor a la muerte.
Libres de la envidia y la avaricia,
entregados al goce lúdico de los sentidos,
nos amaríamos los unos a los otros
a todas horas y en todas partes,
sin decoro, sin reparos
y sin hojas de parra cubriéndonos la vergüenza.
(¡De la parra, las uvas!)
Hubiera sido yo
un dios rollizo, bonachón y compañero.
Otros dioses, creadores de otros mundos,
vendrían a jugar conmigo,
a compartir excesos, utopías y aventuras,
a tentarnos los unos a los otros
y a caer en las tentaciones muertos de la risa,
que sería la única forma de morirse
en mi buen universo.
*
De ser yo dios, hubiera declarado,
como Moustaki,
el estado de felicidad permanente.
(En español, que es el lenguaje
que nosotros los dioses preferimos.)